Archivos Mensuales: enero 2016

Navegando en el lago del jardín imperial

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Navegando en el lago del jardín imperial

En alguna parte de este lago nada un cisne, no sé como, pero lo sé.

Seguramente hay grullas también.

Los botes y la gente se esquivan y encuentran con cortesía.

Todos nos esmeramos con nuestro guión.

Lo aprendimos de niños.

Los encuentros tienen que causar alegría y sorpresa.

Las despedidas deben ser tristes, pero la esperanza del reencuentro debe iluminar el hasta luego.

Los saludos tienen que ser festivos.

Es día de descanso y diversión en el lago central del jardín del emperador.

El emperador dejó el rumbo a cargo de algún almirante, y se deja llevar.

La flota gira, fondea y atraca a conveniencia.

En las islas las orquestas esperan el paso de la flota imperial para comenzar a tocar.

Los asesores, los príncipes , el resto de la familia imperial y la corte, han subido a la barca del emperador en el orden que agrada al emperador, al amplio mundo, a los mil seres y a las deidades.

Ha sido vertido un tonel de vino al lago, pero su superficie no se ha encrespado.

Le ha sido regalada a los peces la comida que aguardaba a medio día al emperador en la isla principal.

En el aire flota el canto de los coros de pájaros.

Los consejeros que saben de la inmensa indefensión en el inhóspito mar y de sus oportunidades y peligros, disfrutan con la corte entera navegando este lago, en embarcaciones de fondo plano.

Hace solo cuatro lunas estabamos en alta mar, con olas más altas que nuestras naves, la tormenta hacía girones nuestras velas, y los náufragos eran presa de las bestias del mar.

Me aburro de tanta paz.

Me ha sido asignada la innoble tarea de remar.

Me cambia tan rápido la vida, que me parece que fue en otra vida, que fui consejero y ascendido a almirante mayor de todas las flotas imperiales.

Aún pienso en mi trabajo anterior, que era ayudar al emperador a navegar el imperio, en armonía con el universo entero.

Mís rivales aprovecharon la oportunidad que les regaló un tifón, para convencer al emperador de dicho objetivo solo se logra navegando en el lago central del jardín imperial.

Me ha sido negada la muerte por el verdugo y prohibida para mi mano, directamente por el emperador, mi padre.

Algo que solo logro definir como una casi alegría, llega a mi nueva vida, cuando imagino las naves de un imperio al otro lado del mar.

Sé que no las veré, pero las podría dibujar.

Podría pintar también a sus marineros, caballos y perros.

A su pólvora y acero purificando la sangre de nuestro imperio con fuego.

Pero por ahora, solo veo a la poca tropa que sobrevive de mi armada empujar los canaletes, y bogar en naves sin quilla, en agua dulce, entre una tibia brisa, a pocos pasos de la orilla. Con una modorra que parece armonía.

Para Elia y Edgar
Li Tao Po
VABM 16/Ene/2016

La división del imperio

La división del imperio

Durante un frío ocaso de otoño, observando que solo dos halcones se dividían entre ellos el cielo completo, el maestro llegó a la conclusión de que al emperador le quedaba poco tiempo.

Yo no tenía noticias de que el emperador estuviera enfermo, los informes de las fronteras aburrían de tanta paz, y la política interna era una competencia para ganarse el favoritismo del emperador, entre competidores emparentados.

–Hace tiempo estaba buscando una excusa para limpiar, y afilar nuestras armas, y para arengar a las tropas, maestro– le dije.

Pero como no veía ningún motivo de preocupación agregué –mañana empiezo–.

–Ya es tarde– me dijo –, se ahorrarán nuestros servicios,
seremos ignorados, esta es la primera conjura en que no participaremos, desde que fundamos nuestro ejército, pero creo que siempre tendremos trabajo.

En menos de dos lunas el emperador se dirigió a su palacio en el cielo, y dos príncipes se dividieron en paz el imperio.

Los médicos y consejeros que examinaron el cadaver, indicaron que quizás debido a algún exceso en el celo con que sus sirvientes le atendían, el organismo del emperador decidió que ya era hora de subir al imperio celeste; porque solo allí sería atendido mejor.

A la densa burocracia imperial le encantó esa inesperada duplicación de los puestos laborales, y en paz eligió según sus preferencias y afinidades,
entre el imperio oriental y el occidental, para continuar ejerciendo su profesión.

La más imaginaria de todas las fronteras, es una imaginaria recta que divide al imperio anterior en dos imaginarias mitades perfectas, en la que no hay guardias fronterizos porque son más necesarios en otras fronteras, y que sirve solo para fijar alcance a autoridades, responsabilidades y competencias.

La mano de obra que tuvo que hacer el trabajo, de los recién ascendidos, rangos más inferiores, fue invitada al imperio desde países fronterizos, con los que nos hemos ido compenetrado cada vez más.

Ya no somos solo vecinos de ellos, si no compañeros de labor en la construcción de nuestros imperios.

Emigré al imperio oriental, dirijo en él un ejército de similar tamaño al que aún dirige mi maestro en el imperio occidental.

Este no ha sido nuestro mejor año, pero hemos tenido peores.

Solo hemos trajinado por separado batallas pequeñas con campesinos inmigrantes de países hermanos y vecinos, por los motivos que siempre hemos tenido para guerrear con los campesinos: precios y tributos.

Nos carteamos frecuentemente para tratar de no aburrirmos demasiado en nuestras expediciones a los perezosos países vecinos en búsqueda de mineros, obreros, pescadores y campesinos que quieran ser participes de nuestro imperio de paz, amor y civilización.

A ambos nos gusta fingir que extrañamos nuestros inicios en el arte de ser mercenarios, pero a nadie le gusta vivir la incertumbre y ansiedad de las continuas intrigas de la corte del emperador celestial.

Hace poco le escribí bromeando que su emperador probablemente había heredado de su padre el talento de envenenador, y me respondió que ambos emperadores lo habían heredado, pero que también habían heredado de su padre el talento para la organización de imperios, y que nuestros talentos son solo aplicables a miserables países de gentuza que hay que civilizar.

Es un poco triste ser obsoleto, pero ambos aún no estamos tan viejos.

Extraño su compañía, estoy seguro de de haber continuado trabajando con él, ya habría alcanzado su nivel de sabiduría y sensibilidad que le permite predecir el futuro viendo a los pájaros del cielo.

Para Elia y Edgar
Li Tao Po
VABM 14/Ene/2016

El origen del río divino

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El origen del río divino

Entre la niebla, tiritando, me dejo estar. No estoy cansado, solo me quedo.

Estoy sentado en una piedra, y así me quiero quedar, no sé cuanto tiempo más.

Simplemente me dejo estar.

He llegado aquí, o mejor dicho: me trajeron, buscando el origen del río divino.

O se equivoquaron de montaña o el manantial que veo gotear en un charquito, es el origen del río divino.

Ese en el que mil velas son impulsadas por la brisa que hace girar al cielo y cuando el sol lo incendia, lo apaga y le corre el velo a las estrellas. Según escribió el poeta Li T’Zhu.

Él también teorizó acerca de los lagos, que según él, serían aliviados por los ríos. No hemos visto a ninguno.

Tampoco hemos visto ningún glaciar, como elucubraron sus competidores de la secta azul.

No escribiré aquí haciendo referencia a teorías menos poéticas acerca del origen del río divino.

Soy sólo un burócrata, cargado sin entusiasmo, por montanistas profesionales, para actualizar el inventario imperial.

También creo que soy poeta. Si se entiende como tal, todo quien haya escrito más de cien versos siguiendo las normas aceptadas por las diferentes sectas que se ocupan de la poesía.

Yo puedo encontrar poesía en el humilde origen del río divino, pero casi todas las sectas poéticas actuales detestan el sentimentalismo.

Le encuentro sentido al mundo, explicación razonable a sus hechos, si describo al río como la acumulación de miles de afluentes, el último de los cuales, en este momento veo gotear a un charquito.

Siento solo un pequeño asombro, sé que tengo que estar agradecido — por supuesto que además del emperador y de su primo geógrafo, para quien trabajo–, pero no sé con quien.

He llegado a este instante luminoso, por todos mis caminos.
Creo que incluso antes de nacer, en los ríos de sangre que en mi confluyen, nadaba el deseo de llegar aquí.

He llegado cargado. Puedo escribir. Soy poeta. Estoy autorizado por el emperador a describir lo que veo. Sé que puedo. Pero no sé que hacer, y los montañistas hace rato ya clavaron el estandarte con el sello del emperador y me miran impacientes por regresar.

Nací para escribir lo que siento en este instante, una vez que me mueva ya no será igual.

Mis ayudantes me sostienen el papel y me entintan los pinceles, pero no se me ocurre nada aún, excepto esto que estoy escribiendo. De verdad.

No me resigno al aburrido realismo. Le dejo a los indignos aduladores la épica, nunca descenderé al dramatismo, jamás mentiré, no pertenezco a las sectas que se vanaglorian de sus habilidades literarias con la metáfora, la rima, la métrica, las imagenes, Etc.

En agradecimiento a mis antepasados y por el bienestar de mi familia, tengo el honor de dibujar el borrador del cartel que será luego fundido en bronce y clavado aquí.

Dice: Aquí nace el río divino, que como todo el mundo, hasta donde alcanza la vista y más allá, es propiedad del emperador.

Creo que luego podré resumirlo más.

Ya es hora de dejarme bajar. Hay un mapa que debo actualizar.

Para Elia y Edgar
Li Tao Po
VABM 10/Ene/2016

La danza de la montaña y la luna

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La danza de la montaña y la luna

Se arremolina la neblina
Gira y se encrespa
Se enreda en la maleza
Pero la montaña no se entera

Atronadora retumba la lluvia
Rayos hieren la tierra
Poco le importa a ella
A su corazón de piedra

Si la gente pasa
O se queda
Ni de rebaños ni animales
Se entera

Porque ella sueña
El sueño del planeta
Porque ella gira espirales
Alrededor una estrella

Desde arriba la luna la mira
Sumergida en la nada espera
La reunión definitiva
Entre lava fuego y ceniza

Para Elia
VABM 11/Ene/2016

Una noche a cielo abierto

Una noche a cielo abierto
No me había ido muy lejos, pacho el caballo se rió de mí, cuando quise ensillarlo.
Me invitó a mordiscos, a abandonar el establo, y con un cansado relincho me hizo saber que tenía sueño y se iba a enfurecer si lo despertaba.
Sólo en las películas y la tv se pueden encender fogatas sin periódicos, libros o revistas; esa es la mejor demostración de guerra entre medios.
No le quise recibír la botella de tramposo kerosén a mi tía.
De todos modos logré encender una ramita con mi glorioso yesquero y además le quedó medio mililitro de butano líquido, para en caso de una emergencia.
Casi estaba feliz al lado de la fogata, acostado tratando de encontrar estrellas entre la niebla.
La silla del caballo de almohada, enruanado y con cobija de lana, de lana también la colchoneta, la camisa y el pantalón, según órdenes de mi tía.
Picaba todo, pero creía que me iría acostumbrando.
Me había dado un café tan caliente que me había quemado la lengua.
— quiero dormir a cielo abierto– le dije a mi tía.
— ojalá que no llueva– me respondió.
La neblina se apoderó de todo y no solo me tapó las estrellas, estoy seguro de que no me habría podido ver las manos si estiraba los brazos; pero no me las quise desarropar, porque aún creo que se me habrían congelado.
El húmedo frío apagó mi hoguera y me obligó a sentarme arropado hasta con la colchoneta.
Luego llegaron las vacas.
Si hubieran sido suizas, me habrían invitado en francés, alemán, italiano o inglés a desocuparles su lugar favorito para reposar; pero eran antioqueñas, y a empujones, sin decir nada, me sacaron con silla y todo del potrero.
Me quedaban el monte, el camino encharcado, la pocilga y claro, la casa, pero aún no me rendía; así que me decidí por un andén debajo del alero.
–medio techo– me dije– es cielo abierto también.
El dios de las garrapatas y los chinches oyó las oraciones de sus feligreses, y me envió de maná para sus fieles.
La garrapata duele solo al comienzo y solo se nota cuando se llena.
Con asco y làstima desinflaba garrapatas.
Medio centímetro cúbico de la sangre de uno mismo, no es algo que se pueda pisotear alegremente; aún creo que esas gordas garrapatas merecían un entierro decente.
Los chinches también duelen solo al principio, y no se dejan ver hasta que ya han comido.
Son los animales más valientes que he conocido, puedes matar a cien, pero el ciento uno logra su objetivo.
Cuando me dio sueño por fin, vi a mi tíos que iban a ordeñar.
— madrugadorcito el niño– dijo mi tío cuando me vio.
— así somos los hombres de esta familia– adulador e hipocrita le dije, esperando que no me fuera a obligar a pagar y quemar la ropa y las mantas ensangrentadas y llenas de cadáveres de garrapatas y chinches.
— En esta familia, las mujeres mandan más que los hombres– me dijo riendo.
Y agregó — tu tía te dio la manta de pacho, para que no le fueras a embarrar la que yo te había prestado, espero que hayas dormido calientico.
–Te fuimos a buscar a las diez con chocolate y pan de queso, y no te encontramos; pero como vimos a pacho en el establo, no nos preocupamos demasiado, porque no podías ir muy lejos.– agregó mi tía.
— me voy a bañar en el río– les dije continuando con mi papel de tarzan.
— tu tía te está calentando agua, te va a bañar hasta con yodo– me dijo mi tío atajándome.
— en la selva no hay calentadores de agua– le dije con la idea de ocultar mis hinchadas picaduras.
— cuidado entonces con las sanguijuelas– me dijo mi tía.
Entonces, desde ese momento, a tan inocente edad, comencé a rendírme ante los encantos de la blandengue civilización occidental, en la que mandan más las mujeres.
Para Elia
VABM 11/Ene/2016

Arcoiris bajito

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Arcoiris bajito

En búsqueda de la sorpresa, el asombro y la belleza, el maestro vaga de noche por las enredadas callejas de la ciudad.

Algunas veces me espera y me lleva, otras coincidimos, otras lo busco. Siempre trato de seguirlo.

La lluvia lo arrincona debajo de los aleros, los perros realengos le tuercen el rumbo, los ladrones, las prostitutas, los centinelas, los borrachos y los demás vagos lo saludan de lejos, con un poco de lástima y desprecio a la vez.

Todos saben que él es el más pobre de todos los que escarban la basura en la noche.

Si él se extasía viendo el reflejo de una gran luna amarilla en el río dormido, la gente lo confunde con los mercaderes suicidas que esquivan el pago de tributos en el fondo del río.

Si él sonríe viendo una favorable configuración de estrellas, los demás locos culpan a su afición al vino.

Si él danza en el viento que arremolina la basura y hace tiritar de frío a los que duermen en las calles, todos recuerdan el mal que enloquece a los perros, y los convierte en rabiosos suicidas.

También pasa lo mismo si se baña en la lluvia nocturna, para reparar el desgaste de su energía vital durante el día.

Me deja estar lejos y cuando tiene ganas de hablar me enseña, con él he aprendido a reconocer todos los órganos de la ciudad.

Sé de los alimentos, humores, respiración y excretas de la ciudad, guiado por él.

Lo he visto ayudar a bien nacer y a bien morir, con igual indiferencia y eficacia, cuando le ha parecido que su ayuda era necesaria.

Me ha mostrado las diferentes maneras en que titilan las estrellas cuando paren las hembras, mueren los enfermos, y hacen el amor las parejas.

Con los años he aprendido con él a reconocer por el olor a los árboles en cada una de sus épocas.

Los nombres que usa la gente para distinguir a los árboles, no son los mismos que él me enseña.

Recuerdo que una vez le pregunté:

— maestro ? Como se llama este árbol tan alto que que florece blanco, y sus flores son como rosas, pero son demasiado grandes?

Y él me respondió muy parco:
— roso blanco alto.

Lo vi terminar una peste, podando unos árboles en un parque cercado por una avenida.

Puede ponerse muy académico también

–Parece que la gente no supiera que una ciudad es más que gente, animales, matas, calles, edificios y carretas– Me dijo una vez– una ciudad es una máquina automática de tracción animal y vegetal.

Extraño caminar la ciudad de día.

Una vez le dije — de noche no hay arcoiris–

Y el me respondió muy serio–
De día la luna es muy tímida, pocas cosas hay más insulsas que un arcoiris bajito.

Otra vez me dejò ayudarlo a empujar un tronco que interrumpía el flujo de una cañería, que solo pocos sabemos es una de las principales arterias de la capital imperial.

Entre el barro hediondo trabajamos duro, pero lo logramos.

Ha sido una de las pocas veces que lo he visto sonreír.

Me dijo: — menos mal que
todo en la vida no es perfume de rosas y arcoiris bajitos.

–Puedes escribir lo que quieras, pero pocos te leerán, quienes te entiendan serán menos, y muchísimos menos serán quienes pagarán por leerte– burlonamente me ha dicho.

Y como le respondí vengativo que iba a escribir que era albino, hace dos lunas que no coincidimos, pero yo siempre lo persigo.

Para Elia
Li Tao Po
VABM 8/Ene/2016

El río que vigilo

El río que vigilo

Primero llegaron los diplomáticos.

Se habló de la amistad de los pueblos, de las ventajas de pertenecer al imperio, de las artes y del comercio.

Eso poco le importó al río, ni siquiera había notado a los pescadores que fastidiaban a sus peces, ni a los agricultores y seguía indiferente a quienes enturbiaban sus aguas sacando arena.

Luego vinimos los militares y se habló de seguridad y de fronteras.

El río apareció en los mapas, ahora era una raya que coincidía en alguna parte con una frontera.

Al río no le importó que sus riveras estuvieran en países diferentes.

Después llegaron los ingenieros y se habló del progreso.

Al río no le importó ser un impedimento para el avance de las comunicaciones y no se inmutó con las explosiones, ni el ruido de los trabajadores que lo sobrepasaron con un puente.

Luego vinieron los comerciantes y como era demasiado fácil cruzar el río, la gente según indescifrables afinidades, se dividió entre los que vivían en una u otra banda.

Luego vinieron los candidatos a alcalde y todos ofrecieron encausar al río, adornarlo, domesticarlo, y hacerlo más agradable.

Se habló incluso de un parque con todo y río incluido que serviría de fondo de paisaje para los picnics familiares.

Si el río se enteró de su futuro de ambientador del paisaje, no se notó, porque siguió fluyendo de lo más despreocupado.

Luego vinieron los enamorados y el río se acostumbró a pasar de lado sin hacer mucho ruido y a
oír promesas repetidas.

Después llegaron los padres de algunos niños que despreciaron al río por peligroso e impotable, pero salvo uno que otro desborde, él siguió siendo imperturbable.

Llevo más de veinte años fingiendo que intento pescar sus esquivos y desconfiados peces, demasiado bien alimentados.

Realmente lo que hago es medirle el pulso, sentir en mi cordel su sereno y poderoso flujo.

El padre del actual emperador me ordenó personalmente que vigilara al río y que estuviera muy atento a sus signos de agotamiento o de rebelión.

Es muy frágil el equilibrio de los ríos, es muy volátil su calma; parece mentira, pero algo que fluye continuamente puede envenenarse; me dijo muy serio, y me ordenó que le informara directamemente, a él o a sus sucesores, de cualquier indicio.

Nunca he conocido a alguien que pueda explicar razonablemente
de donde sale tanta agua que aún no da indicios de que vaya a agotarse.

Nadie me ha podido explicar coherentemente porqué alguien es de la margen izquierda o de la derecha.

Del montón de pescadores que fingen que pescan algo, creo que sólo yo sé porqué molesto a los peces.

Ningún amante me ha podido explicar porqué buscar de escenario al pobre río para el teatro de sus ofertas.

Ningún político me ha podido convencer de las razones reales por las que se preocupa por el río.

Ningún comerciante me ha podido explicar porqué un negocio es apropiado para una rivera y no la otra.

Ningún militar, me ha podido explicar porqué le da tanto miedo el río; que realmente no es tan grande, ni tan importante, y que además ya ni siquiera es frontera.

No he conocido a nadie que no sonriera acordándose cuando nadaba en el río cuando era niño. Nadie me has podido explicar porqué, salvo por el tonto placer de una aventura sin demasiado riesgo.

Así que yo lleno mis informes y le sigo tomando el pulso al río, puesto que soy militar acostumbrado a cumplir órdenes, resignado a que alguna idiotez de la superioridad me va a matar.

De todos modos desde que lo vi por primera vez me cayó bien el río que me ha tocado vigilar.

Las palabras majestuoso e imponente se aplican a ríos más grandes.

Cantarino y alegre a ríos más pequeños.

Debajo del puente, viendo por debajo las carretas que lo cruzan indiferentes como a un charquito, he oído cantar alegre, majestuoso e imponente al río que el anterior emperador me ordenó directamente que le vigilara el pulso.

Un poeta me dijo que sabia que estaba, porque lo veía pasar.

No puedo negar que al lado del río que vigilo, a la gente que no trata de pescar, le da por hablar.

Para Elia
Li Tao Po
VABM 5/Ene/2016

La montaña

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La montaña

Ruda y hostil
Difícil para vivir
Me deja estar

Me sé pequeño
Tanto que me enciende
La curiosidad

Hogar de pocos
Por encima del mundo
Mi privilegio

Sé que caeré
Amándola evado
El error fatal

Para Elia
Li Tao Po
VABM 3/Ene/2016

Los dueños del mar de arena

Los dueños del mar de arena

Es larga la fila de dromedarios carretas y caballos.

A alguien le pareció buena idea dirigirnos hacia el fondo de un muerto mar a buscar sal.

Lento deslizan las carretas con las ruedas hundidas en la arena.

Debemos aligerar la carga.

Debemos caminar agarrados de las bestias.

Me gustaría más ir a un lago pequeño y dulce a abrevar.

Llenaríamos las cantinas.

Las mujeres lavarían ropa y los muchachos nos dedicaríamos a jugar.

Son muy amables los lagos y los ríos pequeños.

Invitan a jugar.

Pero quema el sol.

Reverbera la tierra.

Hieren los pies las sucias costras de arenosa sal.

Llenamos los sacos.

Al ocaso cargaremos los dromedarios que sentados rumian esperando la carga que llevarán de regreso a nuestro hogar.

No hablamos.

Estamos muy ocupados recogiendo nuestra cosecha.

Robamos de la tierra.

Los viejos nos hacen señas.

Debemos refugiarnos bajo las carretas.

Han llegado los dueños de esta arena.

Van a negociar.

Debajo de la carreta sólo oigo las impronunciables erres del áspero idioma de la gente de piel morena que vive siempre en el mar de arena.

Cuando se alejan noto lo peludo que son sus caballitos y que se llevan varias carretas.

De regreso bajo una luna amarilla navegando el mar de arena.

En mi carreta descubro que puedo estirar las piernas.

Falta gente.

Hay menos bultos de ropa y trozos de madera.

Una niña de cálido mirar no está más.

Ni una vieja que lloraba bajito pero continuamente en el fondo de la carreta.

Al amanecer son hombres los que preparan el té.

No veo ninguna mujer.

Pregunto a mi abuelo por su paradero.

Dándole palmaditas a un bulto de sal que agobia a un dromedario echado me dice que la sal está muy cara.

Que después que cargamos las bestias no hacía falta traer de regreso a tanta gente.

Que las mujeres que no tenían marido encontraron pareja entre los dueños de la sal y se quisieron quedar.

Mi madre me espera –me dice– y se pondrá muy contenta al verme regresar con tanta sal.

He navegado muchos mares.

He cruzado muchas selvas.

Son muchas las ciudades cuyas calles han sido surcadas por mis suelas.

Desde muchas montañas alejado he visto al mundo continuar sus asuntos.

Pero nunca he olvidado ese viaje en ese mar de arena.

Ni lo que sentí cuando una niña de ojos cálidos se acurrucó a mi lado a dormir.

Me gusta recordarla como la primera mujer con quien dormí que no era de mi familia.

Aún la imagino viviendo cerca del salado fondo de un muerto mar.

Me gusta pensar que su familia es dueña del mar de arena.

Para Elia
Li Tao Po
VABM 3/Dic/2016

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