Una aventura tropical

Una aventura tropical

 

los zancudos más grandes que he visto en mi ya larga vida esperaban a que me durmiera, tenían sed, pero eran pacientes y estaban ya cansados de la rutinaria sangre de vaca.

Podía imaginarlos posados en las ramas de los árboles, asechándome pacientes en la oscuridad.

Una superluna brillaba al suroeste indiferente a los asuntos del planeta.

De vez en cuando algún ruido extraño me sacaba de mis cavilaciones, estaba asustado.

Un policía me buscaba, pero no quería verme nunca más. Había robado, una vieja costumbre y un instinto básico me habían llevado a esa mala acción.

Había perdido el último autobús para Caracas y tendría que esperar el primero del siguiente día, que salia a las cuatro de la mañana.

El problema era que tenía el dinero justo para el pasaje.

Una noche caminando en una ciudad del interior de Venezuela, no es un problema tan grave, me había dicho tratando de animarme, cada vez que mis tripas habían protestado impacientes por comida, durante toda la noche.

Había dado vueltas por una plaza con iglesia, hasta que me conseguí una banca de lo más cómoda y sin mucho preámbulo había caído dormido como gato aburrido.

Estaba soñando con torta de mango cuando un policía me invitó amablemente a desalojar la plaza y me ofreció un calabozo de la comisaría como alternativa.

Noté que no le tenía mucho aprecio a los vagos caraqueños, así que preferí no averiguar la comodidad de los calabozos del lugar.

Despabilado, como chófer de autobús drogado, renuncié a toda esperanza de conseguir albergue y comida con la policía.

Una vocesita imbécil y optimista me dijo — te quedan los bomberos, en los hospitales siempre hay colillas y comida.

No le quise preguntar direcciones al policía, y doblé en la más cercana esquina con la idea de perderme de su vista.

A eso de las once pasé por una estación de bomberos que estaba más cerrada y dormida que una ostra congelada, no hacia demasiado frío, pero yo soy un negrito tropical del tercer mundo que está acostumbrado a estar arropado y con la barriguita caliente todos los días antes de la media noche.

El ruido de una ambulancia me alegró y la seguí con la vista por el otro canal de la avenida más de quince calles en dirección a la autopista por la que había llegado de Caracas.

Preferí no cambiar la dirección de mis pasos, anhelaba encontrar un bar repleto de fumadores amigables que le quisieran invitar un trago a alguien sin disponibilidad de efectivo momentáneamente, y por que no? Quizá hasta comida me pudieran ofrecer.

!Bar tropical! gritaba en neón un anuncio que me haló cien metros durante menos de veinte segundos, sin correr. Solo caminando. Tenía en esos tiempos menos de treinta y aun era delgado.

Ni una sola colilla en la entrada, el desgraciado que barría seguramente se las fumaba antes de barrerlas y botarlas a la basura.

“Se reserva el derecho de admisión” advertía con mal agüero un cartel, el portero no contestó mi amable saludo, pero me dejó entrar al sitio más glacial por el que paseado este cuerpo, que será incinerado según instrucciones precisas que he dejado, con la intención de no hacerle la vida fácil a ningún gusano.

Adentro del bar estaban el típico ganadero con la típica jovencita ilusionada por su gran camioneta. El típico diputado o concejal, las típicas putas los típicos hijitos de papá galaneándolas, y los típicos nativos bebiendo de a sorbitos para no tomarse demasiado rápido los pocos tragos que se podían costear. Como es típico los dueños se habían devuelto para Europa hacía años.

Un gran cartelón en tono amenazante, con la imagen de unos pulmones negros y secos como grandes pasas, prohibía fumar en el lugar y sus alrededores.

El típico empleado de seguridad del bar, con su típica cara de policía botado con deshonor, me sacó el estado de cuenta de todas las tarjetas de un solo vistazo y se ubicó a tres pasos a mis espaldas.

No me quedó otra alternativa que buscar el baño, pero estaba cerrado, y yo sabia que tendría que pedirle la llave al mesonero, que amablemente me preguntaría en que mesa estaba y luego me explicaría que las reglas de la gerencia lo obligaban a prestársela solo a los clientes.

Parece mentira, pero cada vez hay más acomplejados que son incapaces de encontrarse un trabajo decente, en vez de tener que mal ganarse la vida haciendo cumplir leyes que no ha aprobado ninguna asamblea de diputados.

Me dirigí hacia la salida, podía sentir los pasos del ex-policía detrás de mí, pero no quise mirar hacia atrás para no darle oportunidad de demostrarme que ganaba más dinero que yo, que en esa época aún era ingeniero.

Afuera me esperaba el policía de la plaza que había estado esperando a que cometiera la menor infracción de las reglas del establecimiento para aplicarme algún castigo ejemplarizante del código penal destinado a castigar las infracciones a las leyes legales. No le di la oportunidad de ganarse alguna cerveza con la dirección de la empresa, y entendí, sin que me lo dijera, que creía que le estorbaba y que afeaba su ciudad.

Cuatro cuadras después se me acabó el estúpido pueblo y una carretera semirural me atrajo a la oscuridad de una nocturna aventura tropical.

–El generoso árbol de mango en esta tierra frutece y florea simultáneamente, da dos cosechas al año, y la gente del interior prefiere las manzanas– me dijo un botánico poeta que habita en mi interior; pero comparte habitación con un veterano ladrón de mangos que le recordó los sustos que pasó de niño con los perros y los encargados de las fincas, que preferían que se pudrieran los mangos en el suelo, en vez de dejar que un niño obtuviera las necesarias vitaminas trepado en el árbol.

Me dio la caminadera y 500 metros más adelante, como a la una y media, vi un cartelito en el poste de una muy bien cuidada cerca que decía “mangoes” y luego otro que decía “welcome to mangoland farm”, el corazón del niño ladrón y el del botánico se aceleraron en sincronía con el mío viendo interminables hileras de los bajitos árboles de manga colorada injertada de exportación.

Un hacker como yo no iba a caer en la trampa de una estúpida cerca eléctrica, de todos modos en todos los postes habían cartelitos que decían “high voltage”.

Estaba buscando algo metálico con que hacer un corto, cuando vi el tramo roto. El tronco de una ceiba aún estaba sobre la cerca.

Crucé con los ojos apretados esperando el relámpago de alguna arma láser, o la explosión de una mina, pero nada se interponía entre nosotros tres y nuestra fruta favorita.

El encuentro fue como de recién casados después de un largo día de trabajo. Estábamos cansados, con hambre y sentíamos que necesitábamos amor y ya que teníamos con quien practicarlo, no hacia falta mucho preámbulo.

Me quité la camisa e hice una bolsa con ella, y la llené con la fruta que el olor, el tacto, el hambre, la avaricia y la prudencia me indicaron que estaba lista para ser mía.

Me retiré al otro lado de la carretera para saciar uno de mis más básicos instintos. No muy lejos, por si acaso repetía.

Crucé la carretera tres veces, — tenía menos de treinta en esa época– cada vez me demoraba más y hasta me dio por inventar.

Me comí dos grandes mangas sin arrancarlas de la mata, como los loros.

Tenía mi camisa ya llena con las que me llevaría a caracas, donde pensaba donarlas a algún niño pobre, como por ejemplo uno de mis hijos, pero dudaba que me duraran todo el camino.

Estaba como a las tres ya con sueño, cuando vi que pasaba en una patrulla el policía que me tenía inquina a vigilar el hueco de la cerca, seguramente esperanzado en encontrarme con mangos para robármelos y hacer méritos con el dueño de magoland, pero ya yo había conseguido una bolsa en un basurero, tenia escondite, ruta de escape y estaba ocupado con los zancudos.

A las tres y media me rindió el sueño, me desperté a las siete con el mugido de una vaca que me quería robar mis mangas.

Con asombro descubrí que tenía aún toda mi sangre y lo más importante fue que no tenía ni una sola picadura, — que es lo que duele– parece que los zancudos del lugar eran vegetarianos

Busquen en la wikipedia, para que vean que si los hay, les encantan los mangos y aborrecen la sangre, nosotros tres los entendemos y compartimos sus gustos que además nos convienen, por eso pueden contar con todo nuestro apoyo moral y hasta político, si lo llegan a solicitar formalmente con un contrato mutuamente beneficioso.

Durante mi regreso, los trabajadores de mangoland, el policía, los transnochados empleados del bar tropical y mis compañeros de viaje vieron con envidia y rencor a un vago, que no se había bañado, tenía muy sucia la camisa, pero estaba con cara de feliz, y que cada vez que se aburría, se comía un mango.

A todas éstas, ?por que que había ido a esa ciudad? De verdad que no me acuerdo, principalmente creo que debido a un excedente de tiempo libre y de un poco de dinero.

Una ex compañera de trabajo había publicado una oferta de un empleo que me interesaba y que parecía ser el siguiente paso en mi carrera profesional, y también habíamos tenido algunos acercamientos sexo-afectivos cuando trabajábamos en la misma empresa.

Ella me había conseguido la entrevista con la reclutadora, todo había ido muy bien y quizá podría regresar a la ciudad a trabajar en el organismo que se encarga de cobrar los impuestos.

Me encantó la idea de mi regreso triunfal y durante casi un mes fantaseé con mi entrada gloriosa al bar tropical, donde sería recibido con temor, respeto y admiración a establecer acuerdos mutuamente convenientes con la dirección, para luego ser despedido amigablemente y cariño por todos los aduladores que creo que aún trabajan en ese lugar, aunque ya la mayoría se debería haber jubilado.

No me dieron el trabajo, se lo regalaron a un hijo del dueño del bar tropical, pero mi amiga me invitó varias veces a visitarla. Nuestros acercamientos ya tenían incluso intenciones reproductivas.

Durante las siguientes tres cosechas de mangos evalué la posibilidad, pero no tuve el excedente de tiempo y dinero necesarios.

Para Elia y Edgar
Li Tao Po
VABM 19/Nov/2016

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Acerca de victor a. bueno m

Personal details Victor A. Bueno M. ♂ Email address: victor.bueno13@gmail.com calle el diamante Nros 20-f los flores de catia, caracas Venezuela Nationality: Venezuela Tel (prívate): x58-416-214.85.59 Tel (mobile): x58-414- 900.90.81 Marital status: Registered partner No. of children: 2 Date of birth : 04.03.1959 Summary formed the people, interconnected the equipment, optized the processes on three venezuelan branches of global companies, specialist in social networks and groupware (open exchange, msm exchange, novell groupwise, motorola good system, etc) and on mobilizing systems since palmOS, academic formation on oil economics. A lot of experience in manage IT infrastructure change projects. Author of 9 e-books of urban poetry. Education 06.1987 - 12.1990 msc. hydrocarbon economics, ucv (Economy / Finance - College / University, Master's degree) No thesis (Average grade: 18/20) 06.1977 - 12.1982 systems engineer, unexpo (IT - College / University, Bachelor's degree) (Average grade: 7/9) Positions 09.2003 - ---> cio, Deltor Ag (Sector:IT, Specialization:Project Management, Role:Self- employed) window-linux integration projects Groupware open-xchange, SuSE Debian 03.2000 - 06.2003 cso, italcambio (Sector:Bank / Finance / Credit, Specialization:IT Management, Role:Executive Officer) IT security manager 09.1996 - 03.2000 cio, Deltor AG (Sector:IT, Specialization:IT Management, Role:Management) PalmOs to MSSQL server synchronization programs to mobilize sales applications 01.1990 - 09.1996 cio, Danzas-DHL (Sector:Transport / Distribution, Specialization:Application Development, Role:Specialist knowledge responsible) Venezuela IT manager Languages: Spanish Oral: Excellent. Written: Excellent English Oral: Good. Written: Good Special field IT projects Management Role Specialist knowledge Responsible

Publicado el noviembre 21, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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