Archivos Mensuales: febrero 2017

Lunes de carnaval

Lunes de carnaval

Fallece otro día de aquí
Enjambres de zamuros
Revolotean el basurero

La noche le cae a Guarenas
Como la muerte a los viejos
Casi previsible sin quejidos

No me quejo de lo que he vivido
Pero no volvería como voluntario
A ningún instante de mi pasado

Llámalo curiosidad a lo mejor optimismo
Tal vez por saber de Heráclito por Borges
O por saber algo de física o por amar ríos
Para Elia y Edgar
Li Tao Po
VABM 27/Feb/2017

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La lluvia

La lluvia

Es solo niebla
Que vuelve a la tierra
Pasa la lluvia

Pasa y vuelve
Lejana pero cerca
Siempre regresa

Bellos fractales
Es de ciclos la vida
De espirales

Para Elia y Edgar
Li Tao Po
VABM 27/Feb/2017

Obrador

Obrador
Al este de las grises montañas de la rutina
Desde donde brota el sol cada día
La dulzona leche de la búfala
Y el tierno y dulzón maíz
Amanecen en una totuma

Me esperan definen y delimitan
Mientras camino las entrañas de una ciudad
Perdido en sus vísceras podridas
Enfermo de amor no correspondido
De demasiado tiempo no vivido

Triste máscara con sonrisa
Disfraz a la moda de hace diez años
Toga y título de empleadillo
Ahogado en la otra orilla de mi río
Que realmente no es mío

Desgastados guantes de lacayo
Sombrerito de criadillo
Víctima fácil de cualquier caudillo
Obrero cultivador sastre remendón
Amanuense escribidor y tinterillo
Para Elia y Edgar
Li Tao Po
VABM 25/Feb/2017

El reclamo del macho humano en celo

El reclamo del macho humano en celo
Un hombre vacío recuerda
–¿Donde andará ella?–
Se pregunta sin respuesta

Y a través del universo
Rebota el eco lastimero
Del reclamo del macho humano en celo
Para Elia y Edgar
Li Tao Po
VABM 25/Feb/2017

Gato despierto

Gato despierto

Otra noche más
Mientras galaxias giran
Un gato vela
Para Elia y Edgar
Li Tao Po
VABM 23/Feb/2017

¿Para que la vida?

¿Para que la vida?

Sed y bebida
La langosta y la flor
Siempre se buscan

¿Para qué la flor?
A veces se encuentran
¿Porqué la vida?
Para Elia y Edgar
Li Tao Po
VABM 22/Feb/2017

El cultor de la tierra

El cultor de la tierra
Un hombre, un poco viejo, acerca el agua a unas plantas sedientas.

No sé que piensa.

Nunca lo he sabido.

Siempre me han sorprendido sus ocurrencias.

Nunca me ha hablado esperanzado acerca de alguna cosecha.

Siempre habla de ciclos, y de épocas, sin preferencias.

Surca la tierra, esparce semillas, acaricia capullos, respira aromas de frutas y flores, en una cíclica rutina que parece apática.

De él proviene mi semilla.

Pacientemente me enseñó la diferencia entre las avispas buenas y las malas.

Lo que perdura de los animales cuando se mueren: grises osamentas que se quedan quietas y se funden en la tierra.

Detrás de la cansada neblina amarilla de sus cataratas, sé que hay alguien grande y muy paciente que me mira.

Un agricultor que sabe que no soy ninguna maravilla, y que acaricia a mis hijos e hijas, inmerso en la misma meticulosa rutina con que revisa las hojas de las plantas, en búsqueda de plagas, hongos, huevos de insectos, efectos de la sequía, abejas y mariposas nocivas.

Sus encallecidas y duras manos son tibias.

Cada vez me parezco más a él.

Esperanzado, anhelo de él algún indicio de camaradería, alguna confidencia, pero me temo que solo soy de él un fruto de la antepasada cosecha.

Y que él que solo se interesa por el estado actual de las plantas que viven en su tierra.

Por el clima que la atmósfera a traído al eterno día, en que habita su alma infinita.

Una vez, muy serio, me llamó kapok.

El algodón en que vuelan las semillas de la ceiba.

A mi regreso percibí en su abrazo de bienvenida un cauteloso cacheo de policía en búsqueda de armas o substancias prohibidas.

Se interesó por el origen de mi pareja.

Y reclamó como suyos a mis hijos.

Le veo enseñar a mis hijos las fases de la luna y recuerdo constelaciones cuyo nombre he olvidado, pero de las que sé para qué son el momento apropiado.

No estoy tan viejo como parezco, solo estoy un poco desgastado– me dice mientras revisa detrás de mis orejas en búsqueda de algo extraño o fuera de lugar.

Regresó a mi edad yo cuando estaba lejos, ahora lo veo jugar con sus nietos al juego del hacendado, como lo juegan los chicos de diez años.

En estos momentos persiguen una culebra dando grandes gritos de advertencia de que es de las bravas y hay que tener cautela.

Mi percepción del mundo será mucho más triste cuando su huesos ya no se muevan.
Para Elia y Edgar
Li Tao Po
VABM 11/Feb/2017

Fragmento del discurso del maestro Po, en un festival de la flor del durazno.

Fragmento del discurso del maestro Po, en un festival de la flor del durazno.
El último miembro de una estirpe ve cerca su fin, como se ve a un río llegar al mar.

Piensa que su río de sangre se extingue en la arena del desierto de la ignorancia.

Él sabe que no ha sido mucho más necio que la mayoría de los demás.

No ha cazado gente, solo animales, y solo por hambre, curiosidad, y por el deseo de tocar algo bello.

Ha mentido pocas veces, y solo por tratar de engañar a enemigos que lo trataban de engañar.

Quizá solo haya buscado su verdad donde le gustaba buscar más.

Quizá había verdades que no le parecían bellas ni placenteras, y prefirió no acceder a ellas.

Pero no fue falta de esfuerzo lo que impidio encontrar su verdad. Esa que el emperador de los cielos tiene reservada solo para él.

Seguro cree, como creo yo, que el emperador de los cielos hace experimentos, y que desecha ramales completos del río de sangre. Pero que se pude observar que repite patrones, recicla, y que construye con bloques, como cualquier ingeniero.

En el irreal mundo que percibe, brilla la esperanza. La falta de descendientes agrava su castigo.

Es todo un río el que va a morir. Algún playón afeará al mundo sin agua, en alguna parte del mundo, los ocasos no serán los mismos de antes sin un espejo de agua.

Es inútil arguir inocencia. Para todos es claro de que se trata de una revancha.

Hay un misericordioso mecanismo que impide que los desechados se enteren de que han sido desechados.

Para él, el nuevo orden es otra irreal farsa. Para el nuevo orden es solo un estorboso mal recuerdo, y peor aún, alguien que sabe que todo reino es una farsa de complicidad generalizada.

El reo puede imaginar muchas salidas y arreglos, pero a sus ejecutores la ley solo les deja una salida en que fundar su autoridad. Es el castigo ejemplar.

Luego ve la espada del verdugo y su mango de madera, y nota que el verdugo está cansado.

Se imagina los adoloridos tendones, y los cansados músculos del verdugo, buscando el cuello que lo liberará del continuo y penoso ciclo, que lo hace girar del suelo al cielo, y de regreso, por el río que trata de descansar en el mar.

El sabe que su cuello no es ese, y que el verdugo tendrá que buscar la verdad que lo liberará, en muchos cuellos más.

Luego ve al alguacil ordenar la ejecución de su sentencia, y al público. Y sabe que muchos no encontrarán su verdad en muchos giros más, y se siente hermanado con ellos.

Puede ser que entienda que está al final solo de un ramal de un río infinito, que algunas veces se llena con las crecidas.

Dócil se deja llevar, porque sabe que su río de sangre es ancho, y que es el mismo del juez, del verdugo y del público.

Sabe que puede ser que alguien, alguna vez, se acerque a su verdad, y que es posible que quiera compartirla, y la publique en bellos y redondos versos, con la mejor caligrafía, abajo de una acuarela de una montaña bella que parece que sueña.

Y que quizá esa verdad a él le hubiera parecido bella en ese giro, o por lo menos agradable de recordar. Pero que ya él tendrá que girar otra vez en el río infinito, para tratar de encontrarla.

Es posible que adivine que es su ejecución, lo que le otorgará a alguien el placer de acercarse a ella.

Lo intuye, y sonríe cuando el verdugo interroga su cuello en busqueda de una verdad, que no va encontrar en muchos giros más.

Puede ser que profetice que en los cientos de poemas y estudios, ordenados por el emperador, –para encontrar la verdad secreta y pública, de porqué se puede reír alguien cuando le van a cortar el cuello–, es posible que aflore alguna verdad, que quizá le pueda parecer agradable de acumular en su conocimiento, o que le pueda ser motivo de orgullo, por haber colaborado para su descubrimiento.

Lo que si me parece muy aventurado es pensar, como asevera el maestro San, que hubiera intuido que su sonrisa terminaría originando el festival de poesía de la flor del durazno.

Pero el maestro San es mucho más sabio que yo, y alguna razón tendrá para asegurarlo.

Para Elia y Edgar
Li Tao Po
VABM 4/Feb/2017

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